ALUMNI BRITÁNICO David Murillo: «Ahora, más que nunca, valoro el inglés que aprendí en el Británico: poder tener la soltura de hablar perfectamente es un lujo»

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David Murillo Galiano (enero 2001) estudió en el Británico desde los 4 a los 12 años. Junto a su familia regresó a Chile, país en el que habían vivido anteriormente cuando era pequeño. Solo hay que leer esta entrevista para notar su pasión por contar historias. Gracias a su tesón y esfuerzo ha conseguido el acceso a una de las mejores escuelas de Cine de los Estados Unidos, Chapman University, en Los Ángeles, desde donde nos escribe estas reflexiones. Mi familia y yo nos fuimos de España rumbo a Chile una vez acabado 6º de primaria. Era nuestro regreso al país, ya que vivimos ahí durante 3 años cuando era pequeño (mi hermano menor, de hecho, es chileno).  Siempre me ha gustado mucho escribir, y me acuerdo bien de crear cuentos e historietas cuando estaba en el Británico. Me encantaba enfrentarme a un papel en blanco y  ver cómo mi lápiz y yo podíamos llenarlo de imaginación y creatividad. Esta afición la seguí desarrollando en Chile, y así fue como un día cogí una cámara y descubrí que, con ella, también podía contar historias, y de una forma que nunca me había planteado. Lo que empezó como una mera exploración acabó convirtiéndose en pasión, y con el paso del tiempo empecé a plantearme seriamente dedicarme al cine de manera profesional. Mis padres siempre me han apoyado en todo lo que me he propuesto, y también se fueron haciendo a la idea de que tenían un “artista” por casa, un artista que creía que lo mejor para su carrera era irse a los Estados Unidos a perseguir su sueño.  Me dieron luz verde para estudiar fuera, con la condición de que me responsabilizase de todo lo que eso conllevaba (preparar las postulaciones universitarias, exámenes ingreso, de inglés, más papeleos…). Y lo hice. Rellené todo lo que necesitaba y me postulé a 3 de las mejores universidades de cine del mundo, sabiendo que era muy difícil (sólo el 4% de los postulantes son aceptados), pero lleno de ilusión. No me cogieron. Ninguna de las 3. Rechazo, tras rechazo, tras lista de espera, que acabó convirtiéndose en rechazo. Fue duro, porque por muy difícil que fuera entrar, yo había mantenido la esperanza de que igual daba la campanada. Pero si algo soy yo es cabezota, así que, en vez de venirme abajo, me pasé un año entero estudiando y grabando por mi cuenta, y me volví a postular al año siguiente. Esta vez sí. Chapman University, ahora mismo 4ª en el ranking de mejores escuelas de cine de los Estados Unidos y mi favorita de entre las que me postulé, me aceptó. El primer año la pandemia me hizo vivirlo desde Chile, alargando un adiós a mi familia que parecía no llegar nunca, pero acabó llegando demasiado pronto. En agosto de 2021, hice mis maletas y me fui, y ahora mismo os escribo desde mi habitación en Los Ángeles. ¿Qué estás estudiando actualmente? Estoy en mi segundo año de los cuatro que dura la carrera de cine. Dentro del cine en sí hay muchos roles, y yo estoy estudiando para ser Director de Fotografía. Para los que no sepáis qué es eso, el director de fotografía es el responsable de la imagen de una película, el jefe del departamento de cámara e iluminación. Mientras el director habla con sus actores y se asegura de que todo vaya en orden, yo encuadro las tomas y las ilumino (siempre en colaboración con el director, que es el que tiene la última palabra). Este primer semestre he tenido la oportunidad de ser el director de fotografía de 3 cortometrajes, y de trabajar en muchos más en diferentes roles (uno de los más populares en los que estuve fue para ZachKing, un “mago” al que si buscáis en Instagram seguro que reconocéis).  El semestre que viene tengo confirmado otro proyecto como director de fotografía y otro como director, que también me apasiona. Luego además muchos otros proyectos como asistente de cámara y demás.  Todos o casi todos los fines de semana estoy de rodaje, y la verdad es que estoy encantado con el cine. Poder dedicarme a algo que me apasiona es un lujo y espero que de alguna forma u otra todos puedan encontrar su pasión y perseguirla, ya sea profesionalmente o como hobby.  ¿Qué recuerdos tienes del colegio? ¿Cómo recuerdas tu paso por el Británico? Tengo recuerdos muy bonitos del colegio. Me encanta hacer deporte, y me acuerdo de jugar pachangas en el recreo y luego en el equipo fútbol sala con los partidos de los sábados. Aún de pequeño era muy competitivo, y si perdíamos me enfadaba y me ponía a llorar en el campo. Ahora he madurado, y espero a llegar a casa para llorar. Me acuerdo de la presión antes de correr los Cross Country todos los años, de ver a mi hermano Pablo llegar a las finales de Jugando al Atletismo con el colegio… También me acuerdo del taller de costura, del que todavía guardo la almohada y el peluche que hice, de ir a la granja escuela, de lo poco que me gustaban las acelgas con patatas, de los viernes con merienda de bocadillo de chocolate, de ver a mi madre esperándome todos los días a la salida del colegio… Me voy acordando de cosas según escribo, la verdad. Tengo muchos recuerdos, y muy bonitos.    ¿Qué destacarías de tu aprendizaje aquí?  ¿Qué es lo que más te ha valido para tu vida personal y profesional de tu aprendizaje en el Británico?  Ahora, más que nunca, valoro el inglés. Es algo que puede dar un poco de pereza de niño, pero la verdad es que poder tener la soltura de hablar perfectamente es un lujo, tanto si te vas a vivir a un país de habla inglesa como yo o sólo como herramienta profesional. Veo que ahora el colegio también tiene el International Baccalaureate, que no me suena que estuviera cuando me fui pero que yo tuve en mi colegio en Chile, y tener el diploma me ha servido mucho en la universidad para eximirme de clases de primer año. Y, poniendo todo lo académico de lado, al fin y al cabo, el Británico es el sitio en el que crecí, así que gran parte de como soy se lo debo al colegio.
En la carrera Cross Country
con el equipo de fútbol sala del colegio
– ¿Profesores más queridos? ¡Muchos! Ana María Ruiz fue tutora de mi hermano mayor y mía durante varios años, y todavía mantenemos el contacto. De hecho, todavía tengo en mi habitación en Chile una foto enmarcada que me regaló antes de irme. Le tengo muchísimo cariño a Javier Izaguirre, mi profesor de fútbol sala, que me prometía que me daría una vuelta en su moto Suzuki si metía un hat-trick los sábados. Me acuerdo bien de Carmen Narvaiza, de María del Castillo, de Edgar, de María Pilar… Y de Carmela, que además estuvo enferma hace poco y estuvimos toda la familia pendiente de ella. ¡Un abrazo Carmela!  – ¿Algunas anécdotas que recuerdes? Creo que tengo una buena. No sé si se seguirá haciendo, pero antes, el último día de clase, íbamos todos a las piscinas del campus deportivo del Real Zaragoza. Yo debía tener unos 6 años y, como éramos pequeños, a nosotros nos llevaban a las piscinas para niños, que debían tener no más de medio metro de profundidad. Ese fue el verano en el que había aprendido a tirarme de cabeza en la piscina de mi urbanización, que para mi era lo más de lo más. Eso sí, mis padres me habían dicho que, por muy chulo que fuera, no me tirara de cabeza en el campus del Zaragoza, porque la piscina era muy bajita. Pero ya he dicho antes que yo soy muy cabezota, y, ¿de qué sirve saber tirarse de cabeza si nadie ve lo guay que eres? Además, yo veía claramente que ese medio metro de profundidad era más que suficiente para dar un salto prodigioso, sumergirme en el agua como una flecha y salir ileso. Cogí carrerilla, y… resulta que no había calculado las distancias muy bien, porque me di de lleno con la cabeza en el suelo. Ese año mi excursión a la piscina fue más bien corta, porque mis padres me tuvieron que venir a recoger a mi y al huevo que parecía querer escapar de mi frente. 

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